El Evangelio según Omar - Estrevista
 
Foto/Wilfredo Amaya/LA PATRIA -- El padre Ómar Velásquez capellán en la Universidad Nacional mantuvo a través de su apostolado una mano tendida a los jóvenes a quienes define como su razón de ser.
El Evangelio según el padre Ómar

Esta ciudad lo embrujó por su gente y por ser hacedora de paisajes. Buscó que la juventud fuera auténtica y libre y con una visión grande de ciudad y de patria. Su cristianismo es exigente, pero no inquisidor. Testimonio.

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Blanca Eugenia Giraldo
Redactora/LA PATRIA
Manizales
Parece como en casa. Con la sonrisa de siempre y el fuerte abrazo que casi quita el aliento recibe a cada uno de los asistentes; son las 5:00 de la tarde y la frase es la misma: “mira cómo me recibió Carlos Enrique y ahora como me voy”.
Es su último viernes en la Universidad Nacional y se refiere el padre Ómar Velásquez Valencia a una fotografía suya, gigantesca, que aparece al fondo del escenario.
Aunque el ambiente es de despedida y tal vez de lágrimas, las risas no se hacen esperar.
Este es el agasajo número 46 para el capellán de la Unal, también es para el amigo, el compañero y el compinche de muchas travesuras, que se quedarán en la memoria de quienes le brindan un reconocimiento sincero.
Hablan del padre Ómar como el guía espiritual que supo trascender, por ir siempre más allá, por ser voz y solución y por su lucha constante por el bienestar de la Universidad.
Después de las palabras de rigor y el reconocimiento que hicieron las facultades y el Concejo de Manizales, el secretario general lo despidió con unas palabras que hicieron estallar la risa y los aplausos: “padre Ómar, lo queremos como un putas”.

El apóstol
Después de trabajar 18 años en la Universidad Nacional, el padre Ómar se va a la subdirección nacional de los Hogares Claret, una obra de comunidades terapéuticas con siete regionales, 40 casas en el país, cerca de 3 mil pacientes y 600 empleados.
“Primero voy a aprender”, dice en tono enfático mientras dobla con rapidez las mangas de su camisa negra con clergyman incluido y que solo usa en ocasiones especiales como esta, su despedida.
Sentado acerca sus manos a una mesa que hoy le sirve de escritorio y continúa: “aunque voy a un campo que es de jóvenes, no es como el universitario donde la mayoría son chicos sanos, alegres, críticos y lo máximo que les da es tusa, por eso no dejo de reconocer que este otro grupo de necesitados es creciente. Espero que aquí en unos dos o tres años podamos abrir una casa para reforzar el trabajo de todos los que luchan por sacar a la juventud a una vida sana”.
Para los próximos meses estará en Barcelona (España) en donde realizará un taller de espiritualidad claretiana y, sonríe como si fuera un niño contando una travesura , dice que es como su segundo noviciado para recargar pilas y para conocer experiencias sobre el trabajo que realizará a partir de enero.

Su palabra
Luego de su ordenación pasaron 20 años para retornar a Manizales, ciudad donde habló de la Palabra de Dios con toda libertad, porque considera que aquí encontró mucha resonancia: “en el fondo por mucho turmequé, por mucho estrato alto la gente es profundamente necesitada de la palabra convencida, de la palabra sabia y exigente”, por eso se siente despedido con mucho amor y así lo agradece.
“Después de regresar de Curitiva (Brasil) visualicé a Manizales como la ciudad donde iba a trabajar; la ciudad no me sedujo, me embrujó, porque es encantadora, por su gente, porque es una creadora de paisajes” y casi dibuja con sus manos aquellos atardeceres que ya comenzó a extrañar.
Une sus manos y, con voz baja, dice que tampoco estuvo ajeno a las voces críticas frente al actuar de la Iglesia, porque hay que descubrir las razones por las cuales se alejan, critican o proponen, “muchas veces los apartamos sin escuchar claramente qué quieren y la gente quiere de la Iglesia es testimonio y he sido muy vertical en ese punto”.

Sus discípulos
Basta observarlo para entender por qué su afinidad con los jóvenes.
Su figura redonda siempre tiene una sonrisa, un abrazo y una frase que nunca desentona. Es como si quisiera entrar en sintonía con su gente, por eso no es extraño que exprese que siempre ha querido vibrar con la juventud: “creo que mi corazón no lo he dejado envejecer, he tratado de mantenerlo juvenil”.
La picardía de este hombre de cabello blanco no tiene límite, dice que tiene 15 años, “pero por cuatro”, agrega y entonces su estruendosa carcajada reafirma su felicidad.
Instantes después retoma el aliento y en su rosto, ahora reflexivo, reconoce que su vocación es el sacerdocio y que su corazón siempre se ha gastado por la pedagogía: “es buscar cómo le puedo llegar a la otra persona y captar el mensaje de los otros”.
Es alegre, descomplicado y un poco consentidor, pero su pensamiento se mantiene vertical, “soy de un cristianismo exigente, pero no inquisidor, sino desde lo que cada ser puede dar, es aceptar y explotar las aptitudes de cada uno; creo que por ahí va la cosa”.
Como un buen papá que reconoce su tarea afirma que deja miles de hijos y ahijados porque los preparó para ver a Dios en la realidad intramundana .
“Le he ayudado a la gente a ver a Dios en las cafeterías, en los parques, en la charla de los novios, en las cosas simples, en la belleza, en la bondad y en la verdad y eso está a la mano porque no se necesita visitar la catedral para encontrarlo, cuando se descubre que uno es la catedral de Dios”.
Según el padre Ómar, en Manizales hay sacerdotes que trabajan en esa misma tónica. “Puedo decir que los sacerdotes que trabajaron con jóvenes se entregaron con alma, vida y sombrero desde una pedagogía de acogida, de no escandalizarse, de indicarles con testimonios vivos y con actitudes coherentes y han logrado éxito”.
Expresa que son muchos y destaca a Efraín Castaño, Alirio Ramírez, Jairo Duque, Rigoberto Rivera. “Ellos nos sirven de ejemplo de que cuando se da un testimonio coherente de sacerdote, de ser humano, de comprensión con el joven y entender su simbología se logra mucho, esto no quiere decir que hay que volverse brincón como ellos para entender su proceso”.

Su Evangelio
Su compromiso con la comunidad fue más allá y con megáfono en mano reclamaba lo justo.
“Acompañé a todos los movimientos cuando veía que había una razón justa, que no eran simples caprichos, porque es reivindicar la dignidad humana”. Lo dice convencido de que para él primero está el Evangelio con sus exigencias que todo lo demás, que el derecho canónico, que la norma litúrgica, que las disciplinas eclesiásticas, aunque las respeta profundamente.
También en las marchas multitudinarias el misionero hacía presencia. Verlo con una bandera de Colombia en la espalda, vestido informal, como siempre, y acompañado de jóvenes, es su forma de predicar, con el ejemplo, por eso sueña con regresar a Manizales y encontrar jóvenes auténticos y libres, con una visión de ciudad y de patria muy grande.
“Por fortuna conté siempre con el apoyo de mis pastores, como monseñor José de Jesús Pimiento por su bondad y su amistad, con monseñor Fabio Betancur porque, sabiendo que soy profundamente libre y que jamás hipoteco ni mis ideas ni mis sentimientos, nunca hemos tenido un desencuentro”.
También trabajó por la ciudad que lo embrujó. Se le vio en las reuniones del coletivo Manizales 2019. “Creo que el trabajo que hicimos el PNUD con Infimanizales y el grupo 2019 marcó unas pautas que le sirvieron mucho al alcalde Luis Roberto Rivas en un momento que había un desánimo en la ciudad, que todo lo mirábamos y lo comparábamos con Pereira”.
Aclara que así descubrieron que Manizales podía ser una gran ciudad conservando unos valores, anclados y enraizados, le permitieran mirar hacia el futuro, porque esta ciudad es muy bella.
“No soy de Manizales, soy de Riosucio, pero la quiero entrañablemente y no permito que alguien recorte los horizontes para ser una ciudad que da mucho y puede dar más”.

En la eucaristía
En el templo San Antonio María Claret el pasado miércoles y cerca de las 7:00 de la noche el ambiente era especial. Jóvenes universitarios y estudiantes de colegio afinaban sus instrumentos y sus voces, y los fieles con banderas blancas comenzaban a llenar el recinto.
En la sacristía y aún sin revestirse el padre Ómar, sin afán, vuelve a doblar las mangas de su camisa, y comienza un examen sobre lo que deja en esta ciudad donde vivió 18 años.
Mientras habla hace silencios para saludar, aunque sea con señas, a los que llegan. Toma un respiro y casi susurra, como si estuviera en confesión: “es un motivo de mucha alegría porque lo que trabajé no lo hice para ser reconocido, sino para que ellos crecieran y así lo entendieran”, y lo dice observando a los jóvenes que pertenecen al ministerio de música que él creó hace cerca de 10 años.
Vuelve a detenerse, escucha la música y agrega: “esto me dice que caló el testimonio y me honro de haber podido trabajar con ellos, porque sin ellos no sería nadie”.
Sonríe más que nunca, tal vez la ocasión, la sinfonía de las voces juveniles y ver el templo lleno de fieles a los que reconoce sus amigos puede ser una muestra de su siembra. “Es una satisfacción porque los hice comprender que lo más grande es el mensaje del Evangelio y que el más grande por encima de todo es Jesucristo, yo quisiera que lo amaran entrañablemente y sobre todo lo siguieran, ese es mi legado, que lo amen, que lo conozcan y lo sigan”.

Su testimonio
El altar está dispuesto, pero en esta ocasión el padre Ómar parece el invitado a su casa. La eucaristía comienza con una procesión y son los fieles quienes con un aplauso le dan la bienvenida para decirle adiós.
La celebración transcurre como siempre, como cada domingo por la noche cuando los jóvenes se encargaban de los cantos y el sacerdote, casi siempre Ómar, recreaba la homilía con una catequesis sencilla de tal manera que llegara a la mente y al corazón del niño y del adulto.
“Esta vez no estoy para hacerlos llorar”, comenta este genio de la palabra precisa y como buen pedagogo, que aprovecha cada momento para evangelizar, dice que simplemente es un tubo PVC para que pase agua limpia y pura y así manifestar el amor de Dios.
Y las palabras gratitud, alegría y amistad se conjugan en un aplauso para dar paso al abrazo interminable al finalizar la eucaristía.
Así termina su peregrinar por Manizales el capellán de la Universidad Nacional, el padre Ómar, el que vibra por el arte en general. A quien le gusta estar con la gente y que le encanta estar al día en la música, sobre todo la de los muchachos porque “quiere entrar en sintonía”.
Al final 57 despedidas. Dice que las disfrutó tanto como los éxitos de su equipo del alma, el Atlético Nacional, porque asegura que tiene colorofila en lugar de sangre y vuelve a su interminable carcajada.
 
Su legado
El padre Ómar Velásquez en el corazón de sus amigos.
- Mauricio Gallego. Ministerio de música de la parroquia de los claretianos. Comunicador social y periodista.
Lo principal es aprender a conocer a un Jesús vivo que está en cada uno de nosotros y que se representa en el amor y en la oportunidad que tenemos para hacer algo bueno por las otras personas. Aprendí a ver a Jesús en el otro.

- Arlex Fredy Serna. Director de la fundación Pequeño Corazón.
Como sacerdote es el ejemplo, porque en su palabra y en su obra era coherente. Creo que antes que sacerdote era amigo.

- Héctor Fabio Hernández. Gerente de la Red postal de Colombia.
Es el amigo incondicional, el consejero, el apoyo y como sacerdote el ejemplo de vida.

- Juan Mauricio González. Odontólogo.
Un gran amigo y orientador, hombre dedicado a la ciudad, en especial a los jóvenes. En general es un hombre de servicio total.

- Luis Carlos Velásquez. Arquitecto.
Es camino, verdad y vida. Deja un legado de amor en la población manizaleña, por medio de su apostolado apoyó muchos proyectos encaminados hacia los demás. Nos demostró que nacimos para servir ayudando a los demás.

 
Su vida
Nació en Riosucio (Caldas) el 25 de marzo de 1948, vivió en Cartago y Medellín. Estudió en Medellín, Bogotá, Manizales y se ordenó en Pereira, en el templo de Claret, en el Lago, hace 38 años. Estudió Sagrada Escritura en Roma y Cursos de Arqueología en Jerusalén.
Después de ejercer su apostolado en Perú, Bolivia, Brasil, Israel, Alemania e Italia llegó a Manizales hace 18 años para evangelizar en la parroquia San Antonio María Claret y ser el capellán de la Universidad Nacional.
 
 
 
 


 
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